No se trata de volver atrás. No pretendemos reconstruir un barranco tal como fue, porque los barrancos -como casi todo en la tierra- han sido moldeados durante siglos por el hombre y la necesidad humana. Han servido de paso, de cultivo, de vertedero, de canal de agua. Han sido, a lo largo del tiempo, lo que cada época les exigió ser.
Hoy, en un momento en que comprendemos mejor el valor del paisaje y de la biodiversidad, queremos que este barranco vuelva a hablarnos con un lenguaje más cercano: el de las plantas que nacieron aquí, que resistieron en rincones olvidados, que aún sostienen en su genética la memoria del territorio. Plantas endémicas, adaptadas a la sequía, al viento, al sol canario. No las traemos por nostalgia, sino porque son las mejores que entienden este suelo, las que pueden convivir sin forzarlo, sin agotarlo. Plantas que nos ayudan a disponer de un entorno más seguro y defendible ante situaciones de riesgo, como son los incendios forestales o las crecidas del barranco antes fuertes lluvias.
En este barranco ocupado ahora por la caña común -una especie foránea, invasora, que asfixia la diversidad- vamos a plantar resistencia en forma de raíz canaria. No se trata de una restauración purista, sino de un diseño consciente: un paisaje que mire hacía el futuro sin olvidar de dónde viene. Un barranco que siga cumpliendo funciones ecológicas, pero también sociales y culturales. Un espacio que nos devuelva el orgullo de reconocernos en él, que sirva para aprender, para pasear, para contemplar, para entender el valor de lo que es nuestro.
Porque la verdadera sostenibilidad no es volver al pasado, sino crear un presente donde la identidad y la naturaleza caminen juntas. Y eso empieza, literalmente, por las raíces.